Dolor e inflamación: diferencias entre artritis y reuma

15 January 2026

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Dolor e inflamación: diferencias entre artritis y reuma

Quien convive con dolor articular acostumbra a emplear dos palabras casi como sinónimos: artritis y reuma. En consulta, escucho oraciones como “me duele el reuma” o “tengo artritis en todo el cuerpo”. La confusión es comprensible, porque los síntomas se mezclan y pues las enfermedades reumáticas abarcan un espectro extenso que afecta articulaciones, ligamentos, huesos, músculos y órganos internos. Aun así, distinguir bien los términos evita diagnósticos tardíos, tratamientos inapropiados y frustraciones eludibles.

El punto de partida es fácil. Artritis significa inflamación de una o múltiples articulaciones, con calor local, enrojecimiento, hinchazón y dolor que empeora en reposo y mejora con el movimiento. Reuma es un término popular, no médico, que menciona de manera vaga a dolores del aparato locomotor, de forma especial los inconvenientes reumáticos usuales en la edad adulta. Cuando alguien pregunta qué es el reuma, la contestación honesta es que no es una enfermedad concreta, sino un paraguas cultural para referirse a molestias musculoesqueléticas. Bajo ese paraguas conviven patologías muy distintas, desde la artrosis hasta la artritis reumatoide, pasando por la lumbalgia mecánica, la gota, la fibromialgia o las espondiloartritis. Y cada una tiene reglas propias.
Inflamación en frente de desgaste: por qué importan los matices
Inflamación y degeneración no son lo mismo. En la artritis, el sistema inmunitario desencadena una cascada inflamatoria que altera el revestimiento sinovial de la articulación. Esa sinovitis puede aparecer en brotes, acompañarse de fiebre baja, cansancio desmedido y rigidez matutina que dura más de treinta o cuarenta minutos. Un caso tradicional es la artritis reumatoide, que suele empezar en manos y pies, de forma simétrica, y se hace notar al despertar con dedos “entumecidos” que recobran movilidad con el paso de la mañana.

La artrosis, en cambio, representa un proceso degenerante del cartílago y del hueso latente. Duele al uso, mejora con el reposo, y la rigidez matinal existe mas dura poco, a menudo menos de 10 o quince minutos. Aparece “crujido” o crepitación articular, y con los años se forman osteofitos, los llamados “picos de loro” en las radiografías. Muchos pacientes la identifican como reuma, lo que perpetúa la ambigüedad. No hay inflamación sistémica sostenida, si bien puede haber episodios de sinovitis reactiva, esas semanas en que la rodilla parece “caliente” por sobrecarga.

Diferenciar los dos perfiles determina el tratamiento. En la artritis inflamatoria, los fármacos modificadores de la enfermedad son decisivos para frenar el daño estructural. En la artrosis, la estrategia pivota sobre ejercicio terapéutico, manejo del peso, medidas analgésicas, educación postural y, en casos escogidos, infiltraciones o cirugía.
Lo que cuenta el cuerpo: síntomas que orientan
La cronología ayuda. Un paciente que describe dolor nocturno que lo despierta, rigidez matinal prolongada, manos hinchadas con anillos que no entran y cansancio que no se explica por el ritmo de vida, debería levantar la sospecha de artritis inflamatoria. Si además de esto nota agravamiento tras periodos de reposo y alivio cuando “calienta” la articulación, la balanza se inclina cara el componente inmunológico.

Por contraste, si el dolor aparece al final del día, tras subir escaleras, o al pasear distancia, y cede al sentarse, pensamos primero en artrosis u otras causas mecánicas. Un dato humilde, pero útil: en artrosis de rodilla, bajar pendientes acostumbra a doler más que subirlas, por la carga excéntrica. En artritis, el dolor puede ser más “global”, con sensación de cuerpo “agarrotado”.

En la columna asimismo hay pistas. La lumbalgia inflamatoria propia de algunas espondiloartritis empieza ya antes de los 40 años, se prolonga más de 3 meses, mejora con el ejercicio y empeora en reposo o de madrugada. Muchos pacientes cuentan que se levantan a pasear por la noche pues quedarse quietos agudiza el dolor. La lumbalgia mecánica, en cambio, suele aparecer tras esfuerzos, cede con reposo, y pocas veces despierta en la segunda mitad de la noche.
¿Qué engloba realmente “reuma”?
Hablar de reuma sin matices confunde esperanzas. Bajo la etiqueta de enfermedades reumáticas se reúnen más de doscientos entidades. Algunas son inflamatorias autoinmunes, otras degenerativas o por depósito cristalino, otras se expresan sobre todo como dolor crónico sin daño estructural.

Cito situaciones de consulta que asisten a aterrizar conceptos. Un hombre de sesenta años con “ataques” de dolor intenso en la base del primer dedo del pie, dedo colorado, tenso, al mínimo roce, con ácido úrico elevado: gota. Una mujer de 48 años con dolor difuso, sueño no reparador y puntos dolorosos a la presión, analíticas normales: fibromialgia, un trastorno del procesamiento del dolor que muchos llaman reuma por su cronicidad, si bien no inflama ni destruye articulaciones. Un joven de veintiocho con lumbalgia que despierta de madrugada, alternancia de dolor en glúteos, y psoriasis de larga evolución: sospecha de espondiloartritis psoriásica.

Poner nombre concreto a los problemas reumáticos cambia la charla. Deja charlar de pronóstico, de terapias dirigidas, de expectativas realistas, y sobre todo de tiempos. En artritis reumatoide, por servirnos de un ejemplo, hay una ventana de ocasión de 3 a 6 meses desde el principio de los síntomas, en la que intentar forma intensiva reduce de forma marcada la probabilidad de daño irreversible.
El examen clínico y las pruebas que marcan la diferencia
El cuerpo tiene un lenguaje que el examen físico traduce. Palpar una articulación revela si está caliente, boggy, con derrame; si el dolor es más bien a la presión o al movimiento; si hay inestabilidad, deformidades en dedos o desviaciones características. En la consulta, me fijo en detalles que no aparecen en análisis: uñas con hoyuelos en un paciente con dolor de manos sugiere psoriásica, sequedad ocular y de boca en una mujer con artralgias apunta a síndrome de Sjögren.

Las pruebas complementan, no reemplazan. En artritis inflamatorias, los reactantes de fase aguda, como VSG y PCR, acostumbran a estar elevados, aunque no siempre y en toda circunstancia. El factor reumatoide y los anticuerpos anti-CCP orientan en artritis reumatoide, con anti-CCP más concretos. En espondiloartritis, el HLA-B27 aporta contexto, sin ser diagnóstico por sí mismo. En gota, el ácido úrico alto ayuda, mas la confirmación tradicional sigue siendo ver cristales de urato en el líquido sinovial bajo microscopio. Cuando hay dudas, la ecografía articular ve la sinovitis en tiempo real, detecta erosiones tempranas y depósitos cristalinos, y la resonancia puede mostrar edema óseo antes de que la radiografía delate daño.

En artrosis, la analítica acostumbra a ser normal. La radiografía muestra estrechamiento del espacio articular, osteofitos, esclerosis subcondral y quistes. La imagen hay que interpretarla con el paciente presente, por el hecho de que he visto radiografías “terribles” en gente con dolor mínimo, y placas “modestas” en personas con limitación notable. El síntoma manda, y el plan se adapta.
Tratamientos que no son lo mismo
Pocos errores duelen tanto como tratar una artritis con solo calmantes. El calmante mejora días sueltos, mas la inflamación prosigue activa, y el cartílago paga la factura. En patología inflamatoria, los medicamentos modificadores de la enfermedad cambian el curso. Metotrexato sigue siendo columna vertebral en artritis reumatoide, con combinación de leflunomida, sulfasalazina o hidroxicloroquina en perfiles concretos. Cuando la contestación no alcanza objetivos, los biológicos o pequeñas moléculas dirigidas entran en escena: anti-TNF, anti-IL-6, anti-IL-17, anti-IL-23, anti-CD20, inhibidores JAK. La selección se fundamenta en comorbilidades, planes reproductivos, infecciones anteriores y preferencias, y requiere seguimiento estrecho.

La artrosis solicita otra partitura. Ninguna pastilla regenera cartílago de forma consistente. Hay analgésicos útiles y periodos con AINEs si no hay contraindicaciones, mas el núcleo es no farmacológico. El músculo que rodea la articulación es el mejor analgésico. Un plan de ejercicio progresivo, 2 a 4 días por semana, que combine fortalecimiento, movilidad y trabajo aeróbico moderado, reduce el dolor en porcentajes clínicamente relevantes. Perder un 5 a 10 por ciento de peso corporal alivia rodillas y caderas con impacto directo en la marcha. Las plantillas y rodilleras ayudan en subgrupos, como el genu varo con divido interno más perjudicado. Las infiltraciones de corticoide calman brotes concretos; el ácido hialurónico sirve en perfiles seleccionados, con mejoras modestas; el plasma artículos sobre reumatología https://www.animenewsnetwork.com/bbs/phpBB2/profile.php?mode=viewprofile&u=1144138 rico en plaquetas sostiene debate con resultados heterogéneos. La cirugía, cuando llega el momento, no es un fracaso, es una herramienta más: prótesis bien indicadas devuelven vida.

En gota, el pilar es bajar el ácido úrico con alopurinol o febuxostat y mantenerlo por debajo de seis mg/dl, o 5 si hay tofos visibles. Al comienzo resulta conveniente colchicina a baja dosis para eludir brotes por movilización de depósitos. Eliminar el marisco no soluciona por sí mismo cuando la producción endógena es la causa primordial, aunque ajustar alcohol y bebidas azucaradas ayuda.

La fibromialgia demanda mudar el marco mental. No es una artritis enmascarada, no destruye articulaciones, pero duele de forma real. La evidencia favorece guías estructuradas de ejercicio, educación sobre dolor, terapia cognitivo conductual, sueño reparador, y moduladores neurológicos en casos escogidos. El exceso de pruebas o de antiinflamatorios, acá, añade carga y poca ganancia.
Historias que enseñan
Recuerdo a Carmen, cincuenta y dos años, costurera, que llegó diciendo “vengo por el reuma de las manos”. Llevaba seis meses con dedos hinchados, rigidez larga al despertar y cansancio que la tumbaba a media tarde. La radiografía era normal, la analítica mostró anti-CCP positivo y PCR elevada. Empezamos metotrexato y pautas de ejercicio suave de manos. A los tres meses, ya cosía sin parar cada dos horas para estirar, al sexto mes estaba en remisión. Llamarlo reuma le restaba urgencia a su inconveniente. Llamarlo artritis le abrió puerta a un tratamiento a tiempo.

Otro caso, José, 67 años, paseante obstinado, rodillas que crujían desde hacía años, dolor que aparecía al subir escaleras y se iba al sentarse. Traía la etiqueta de “artritis” en la historia. Al explorarlo y revisar radiografías, la fotografía era de artrosis. Ajustamos peso, le diseñamos un programa de fortalecimiento del cuádriceps y glúteo medio, plantillas por varo leve y educación de marcha. Reservamos AINEs para fases de carga. A los cuatro meses, redujo dolor a la mitad y alargó sus paseos. Le aclaré que aquello no era reuma que “se cura con corticoides”, sino desgaste que se administra.

Las etiquetas importan, por el hecho de que guían decisiones al día.
Señales de alarma y fallos frecuentes
Hay signos que no conviene pasar por alto. La artritis que aparece después de una infección intestinal o genital puede ser reactiva y precisar manejo concreto. Dolor de hombros y caderas con rigidez intensa en mayores de cincuenta, junto a VSG elevada, sugiere polimialgia reumática; si se acompaña de dolor de cabeza nuevo o perturbación visual, pensar inmediatamente en arteritis de células gigantes, una emergencia para preservar la vista. Hinchazón de una sola articulación, roja y caliente, que aparece de cuajo, fuerza a descartar infección articular con artrocentesis, sin demoras.

Entre los fallos más habituales está normalizar el dolor crónico como “cosas <strong><em>reuma</em></strong> https://en.wikipedia.org/wiki/?search=reuma de la edad”. La edad influye, pero no justifica la resignación. También es frecuente encadenar AINEs distintos sin un plan claro, o retirar un fármaco modificador de la enfermedad porque el paciente “se siente bien”, sin comprender que esa sensación de bienestar se debe precisamente a que el fármaco está controlando el proceso.
Porqué asistir a un reumatólogo
Pedir cita no es una formalidad, es una inversión de tiempo y salud. Un reumatólogo integra clínica, imagen y laboratorio para distinguir entre inflamación, degeneración, dolor central, depósito de cristales o combinaciones de estos. Además, evalúa comorbilidades que condicionan el plan: debilidad ósea, riesgo cardiovascular, función nefrítico, deseo de embarazo, infecciones latentes. La consulta ordena prioridades: qué tratar primero, de qué manera medir respuesta, en qué momento acentuar o desescalar.

El tiempo también cuenta. Atender el interrogante de qué es el reuma con un “son achaques” deja a muchos pacientes fuera de esa ventana de ocasión terapéutica. Una valoración temprana evita daño y discapacidades innecesarias. Y cuando el diagnóstico es artrosis u otro problema mecánico, un plan no farmacológico bien desarrollado cambia la trayectoria del dolor de forma tangible.
Estilo de vida que suma, sin promesas exageradas
Ni dietas prodigiosas ni suplementos universales. Lo que sí funciona, de forma consistente, es un conjunto de hábitos razonables. Priorizar sueño, por el hecho de que la privación amplifica la percepción del dolor. Mover el cuerpo casi día a día, con rutinas adaptadas a la fase de la enfermedad y a la persona, no del revés. Cuidar el peso, no por estética, sino por biomecánica. Fortalecer grandes grupos musculares, incorporar movilidad de cadera y tobillo para descargar la rodilla, practicar ejercicios de mano con bandas suaves cuando hay afectación en dedos. Estas medidas no curan una artritis inmunológica, pero mejoran la capacidad funcional y fortalecen el efecto de los fármacos. Tampoco revierten artrosis avanzada, aunque frenan la pendiente descendente y prolongan el tiempo hasta una prótesis.

Respecto a la nutrición, reducir bebidas azucaradas y alcohol, ajustar purinas si hay gota, y apostar por patrones tipo mediterráneo resulta sensato. Los suplementos, como glucosamina o condroitín sulfato, muestran efectos modestos y variables; si un paciente percibe alivio y no hay interactúes ni costos prohibitivos, puede probarse con evaluación periódica útil.
Palabras claras para resoluciones mejores
Quien llega diciendo “tengo reuma” busca alivio, mas también contestaciones. La mejor manera de ayudar es traducir el término al diagnóstico preciso. Artritis describe inflamación articular y suele requerir medicamentos que modifiquen el curso de la enfermedad, además de fisioterapia y hábitos que suman. Artrosis describe desgaste y precisa movimiento planeado, ajustes de carga, educación y, en ocasiones, intervenciones específicas. Otros problemas reumáticos se mueven en territorios intermedios o diferentes, como la gota o la fibromialgia, y tienen su propio guion.

En síntesis práctica, si hay rigidez matutina prolongada, hinchazón perceptible, dolor que mejora al moverse y empeora con el reposo, fatiga desproporcionada o respeto nocturno del sueño no por alivio sino más bien por dolor, resulta conveniente preguntar pronto. Si el dolor es mecánico, de esfuerzo, y cede al reposo, también merece evaluación, aunque el enfoque será diferente.

La medicina no se hace con etiquetas populares, sino más bien con diagnósticos concretos y planes ajustados. Llamar a las cosas por su nombre no es una cuestión semántica, es el primer paso para vivir con menos dolor, más función y mejores resoluciones. Y ese camino, en caso de duda, comienza en la puerta del reumatólogo.

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